10 nov. 2014

Díaz entregó el país en aras de la “modernización”

Deuda pública y sus ocultos beneficiarios
Martín Esparza Flores Revista Siempre

Cuando empresarios norteamericanos presentaron a Sebastián Lerdo de Tejada su solicitud para iniciar la construcción del ferrocarril que uniría el país con Estados Unidos, el sucesor del presidente Benito Juárez acuñó la histórica frase: “Entre la fuerza y la debilidad, conservemos el desierto”.

Desgraciadamente para México, la conseja fue desoída con el arribo de Porfirio Díaz al poder, pues no sólo alentó el levantamiento de una línea ferroviaria hacia el vecino país del norte sino que además abrió las puertas a la inversión extranjera y reconoció la deuda externa que Juárez desconociera con los países agresores durante la Guerra de Reforma, lo que propició que de la noche a la mañana, en 1890, la deuda pública se triplicara a 126,9 millones pesos, llegando a finales del siglo XIX a 350 millones de pesos, cuando la paridad con el dólar era de uno a uno.

El entonces secretario de Hacienda, consejero personal del tirano Díaz y líder de los llamados Científicos —los tecnócratas del naciente del siglo XX—, José Yves Limantour, convenció al entonces presidente de comprar a los inversionistas extranjeros instrumentos de crédito llamados “debentures” expedidos a favor de la Compañía Ferrocarrilera Interoceánica así como acciones de la empresa Ferrocarril Nacional.

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