2 dic. 2013

Opt, tras un partido del pueblo y los trabajadores

Martín Esparza Contralínea

Es casi imposible que los políticos insertos en cada uno de los llamados partidos institucionales –reconocidos por el Instituto Federal Electoral (IFE)– se encuentren a salvo de la crisis moral por la que atraviesa nuestro sistema democrático, en el que, sin importar la sigla partidista, una reducida elite que se intercambia cargos públicos y legislativos cada 3 y 6 años ha dejado de representar los intereses de millones de habitantes para custodiar, en perjuicio de la propia soberanía nacional, las ganancias de un capitalismo guiado por los principios de un neoliberalismo económico al que poco le importa el bienestar y respeto a los derechos de la clase trabajadora.

La aparente “transición democrática” ocurrida en 2000 con la llegada al poder del Partido Acción Nacional (PAN), resultó el peor de los fraudes históricos pues, lejos de cristalizar la anunciada panacea, sus gobiernos acrecentaron la pobreza y la marginación de millones de mexicanos al permitir, en el mayor de los contrasentidos históricos y antinacionalistas, que las multinacionales se adueñaran del país y de sectores estratégicos para la economía nacional, como el energético.

En México, la democracia se aleja cada vez más del modelo ideal planteado por los estudiosos de la ciencia política, como la expresión y legítimo poder del pueblo mediante la elección de sus representantes, sobre todo porque el actual sistema de partidos ha terminado por bloquear las auténticas demandas de las diversas clases y sectores sociales, poniendo en entredicho al régimen constitucional y republicano que le da sustento en el marco de la institucionalidad al cruzarse de brazos ante el avasallamiento cometido al estado de derecho.

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