29 jun. 2013

La reforma laboral nació torcida

El gobierno de Enrique Peña Nieto ha consumido siete meses de su gestión sin reportar beneficios concretos a millones de mexicanos que luego de la entrada en vigor de la reforma laboral no sólo han visto esfumarse la promesa de acceder a empleos dignos, bien remunerados y con los beneficios de la seguridad, sino que ahora han perdido su estabilidad laboral para quedar en manos de una inescrupulosa clase empresarial que abusa de la subcontratación, legalizada en la contrarreforma aprobada en el Congreso por el PRI, PAN, Partido Verde y Nueva Alianza.
 
La realidad, matizada con los signos de un retroceso en el nivel de vida de las clases menos favorecidas por el imparable aumento a los productos de primera necesidad y el aumento de servicios como el transporte público, abofetea el rostro de funcionarios que como el secretario del Trabajo, Alfonso Navarrete Prida, defendieron con uñas y dientes —pero no con razonamientos válidos— la reforma laboral que, según sus palabras, generaría al año un millón de empleos de mejor calidad, reactivando el poder adquisitivo de los salarios, con lo que las familias “tendrían condiciones más justas, además de garantizar su seguridad social”.
 
Opinión palaciega a la que se sumaron legisladores como el diputado del PRI, Manlio Fabio Beltrones, quien señaló que su bancada aprobaría la reforma enviada por Felipe Calderón, “sin egoísmos y sin vanidades, siempre pensando en que México necesita la reforma laboral, y con ella podremos alcanzar más competitividad, respetando los derechos de los trabajadores”.
Nada se ha cumplido. Por el contrario, la reforma ha incidido en la pérdida de alrededor de tres millones y medio de empleos de base, suplidos mediante contratos temporales, además de registrarse una embestida empresarial contra la contratación colectiva al negarse a pactar con sus sindicatos más de mil 400 empresas en el país, y 470 más han presentado demandas solicitando su desaparición.
Millones de trabajadores no sólo deben enfrentar un injusto y desigual trato sino, además, sobrevivir de milagro por los aumentos a productos como leche, pan, carne, huevo, frutas y legumbres que se han disparado hasta en un 40% en sus precios al consumidor, como ocurre con el arroz y el huevo, aniquilando el poder adquisitivo de millones de hogares que han recibido la puntilla a su quebrada economía con el alza al transporte público.
 
Es momento de que la sociedad se pregunte si la lista de las reformas pendientes, como la fiscal y la energética, son realmente las que necesitan y convienen a los mexicanos, o sólo están hechas para servir a los intereses de los empresarios nacionales y extranjeros.
 
Hace falta que en México empiece a reaccionar la ciudadanía para que todos, y a una voz, frenemos y demos marcha atrás a las reformas que están cancelando la estabilidad laboral y una vida digna a las futuras generaciones.

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